Confundidos y desorientados

Por Alberto Montiel Casas

Retrasar la jubilación, sugerir volver a trabajar los sábados, incrementar espectacularmente la presión fiscal, inyectar masivas cantidades de dinero a los bancos que contribuyeron irresponsablemente a la crisis, reducir el gasto público en educación y sanidad, predicar el crecimiento del PIB como fórmula mágica de salvación de la economía, … son algunos de los curiosos mensajes y acciones con que nos sorprenden cada día los gobernantes de aquí y de allá. Nos muestran así su indiferencia ante la destrucción del estado de bienestar y -aparentemente- su ignorancia de los mecanismos más elementales de la economía, pues tanto sacrificio no servirá de nada si las medidas son contradictorias entre ellas.

Se pretende recaudar más al subir la presión fiscal, pero el consumo bajará tanto que los ingresos del Estado podrían ser aún menores y los contribuyentes cada vez ser menos y más pobres. Parece que empiezan a verlo, pero aún no mueven ficha. Están paralizados; ¿por la sorpresa?

Se trata de“ahorrar” parte del cada vez más escaso ingreso fiscal reduciendo el gasto público, pero acabarían gastando mucho más en defensa, policía, protección personal, antidisturbios, cárceles, gastos de fondos reservados, etc., a parte de perder aún más competitividad en sectores como el industrial, que requieren de mano de obra cualificada y bien pagada.

Es incluso imaginable que desde Alemania hayan planificado que volvamos a ser un estupendo país de soleado destino turístico económico, con camareros abundantes; donde además puedan fabricar sus coches con mano de obra tan barata como en el norte de Africa; volver a traer la industria contaminante y de menos valor añadido que no quieren en sus países, y que estemos tan mal que nadie se queje por miedo a perder lo que tenga que perder.

Ante esto ¿que postura tomar? Desde luego, cambiar de opción política o intentar crear un nuevo partido no parecen opciones muy prometedoras.

Déjenme provocar un poco más: no existe ninguna solución para que las cosas vuelvan a ser como eran antes. Eso es radicalmente imposible, además de poco recomendable. Las facciones de la izquierda parecen tan confusas como la derecha o el centro (si es que existen tales polaridades). Deben -o deberían- saber que lo que prometen es imposible.

Los “parches” aplicados recientemente solo procuran que el reparto del pastel sea tal que los muy ricos no se vean privados prematuramente de sus abundantes raciones, y se aceptan como inevitables ciertos daños colaterales.

¿Y entonces? Pues la respuesta es bastante evidente para el que quiere verla y se quite la venda de los ojos. Esta crisis cambiará el mundo profundamente, y tras ella ha de organizarse una nueva forma de sociedad, distinta a cualquier otra que haya existido antes, pues los condicionantes son absolutamente nuevos.

Coincido con muchos estudiosos del problema en que deberá ser una sociedad en la que se distribuyan eficazmente unos cada vez más escasos recursos, evitando grandes desigualdades, y sin embargo aumentando el margen de libertad personal, reduciendo el tamaño de los estados y la administración a una mínima expresión.

No se explica en cuatro líneas, pero sí puede resumirse que será una economía de crecimiento cero ¡porque crecer ya no es ni necesario ni positivo! Una economía en la que la sociedad civil y la pequeña y mediana empresa ha de recobrar protagonismo frente al poder de estados y grandes corporaciones multinacionales.

Deberá ser una sociedad innovadora que remplace el autoritarismo encubierto y el sinsentido del poder actual por grandes dosis de auténtica creatividad y democracia participativa.

Y todo ello parece justo lo contrario de lo que planean para nosotros.

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