Necesitamos auténtica innovación

Por Alberto Montiel

Se ha repetido mucho en los últimos meses y años sobre la necesidad de potenciar la creatividad como fórmula para desarrollar la innovación y con ella la economía, al mejorar la competitividad de las empresas. Esta visión, parcialmente cierta, es incompleta.

Porque, si bien parece ser cierto que una mayor competitividad mejoraría la cuenta de resultados de algunas empresas, tanto más cuanto menor el tamaño y cuanto menos hayan aplicado ya las estrategias de innovación creativa, es muy discutible que tenga el poder de mejorar la economía de un país o región enteros.

Y ello por varios motivos:

– Las empresas innovadoras son muy a menudo globales, luego aunque logren mejorar su competitividad no necesariamente los países o poblaciones del país lo hagan.

– Buena parte de la innovación se produce en sectores industriales que fabrican productos estratégicamente obsoletos, como el automóvil de combustión interna; o muy poco “rentables” socialmente, como la tecnología armamentística, la energía nuclear, o posiblemente gran parte de la biotecnología aplicada al sector farmacéutico. Esta clase de innovación mejora o perpetúa las ganancias de grandes corporaciones, pero no suelen crear empleo neto ni menos aún aportar bienestar a la ciudadanía de ningún país, ni tan siquiera enriquecer a éstos.

– La innovación generalmente evita la mano de obra intensiva, aunque a cambio crea puestos de trabajo más cualificados; lo cual, combinado con que la principal motivación de los gestores de las empresas es mejorar su cuenta de resultados, y reducir los costes de mano de obra es una de las formulas clásicas, produce el efecto de destruir mano de obra.

– La innovación se centra a menudo en alta tecnología y en sectores ya muy competitivos.

Aún con todos estos “peros” sigue siendo conveniente y necesario innovar. Pero deberíamos hacerlo fundamentalmente en otros sectores, y sobre todo, en aplicaciones y combinaciones de la tecnología existente, desarrollar nuevas estrategias, etc.

Muy especialmente debemos innovar socialmente, en la aplicación de la democracia participativa, en el control internacional de la economía, prevención de conflictos, diseño de nuevos sistemas educativos que potencien la creatividad, sistemas sanitarios preventivos, tecnología apropiada, y otros ámbitos de la misma índole, en los que las ganancias repercuten de forma más amplia.

Es la innovación que necesitamos para hacer del mundo un lugar más seguro, en el que las personas puedan desarrollar su potencial creativo y su espíritu lúdico; en el que las empresas sean fundamentalmente organizaciones que encauzan esfuerzos para lograr objetivos que tengan como fin último el bien común. Un lugar en el que el dinero sea un instrumento de verdadero bienestar y progreso, y no un fin en si mismo que causa desequilibrio y tensión entre personas y países.

La innovación ha de ir de la mano de una motivación por lograr unos fines altruistas, pues está quedando en evidencia que no existe ninguna “mano invisible” que regule los mercados, sino que hemos de ser las personas implicadas – los actores del mercado y de la democracia- quienes ajustemos convenientemente las fuerzas de estos mercados.

La innovación no deja de ser el camino hacia la noble utopía, pero ése camino no es exclusivo de la tecnología y los beneficios empresariales; el pensamiento crítico y la creatividad en humanidades, artística, social, etc., también han de guiar el avance hacia ese futuro de progreso.

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