¿Que la inocencia me valga?

Por Alberto Montiel

El 28 de Diciembre, día de los Santos Inocentes, aunque parece que la cosa va de bromas y sentido del humor, se conmemora un terrible hecho relatado en las sagradas escrituras: la masacre de recién nacidos por orden del rey Herodes, para tratar así de evitar la llegada del anunciado Mesías. Aunque parece que tampoco fueron tantos los niños asesinados pues Belén era un pueblecito pequeñito. Quizá 20 niños, no los 15000 que llegaron a “calcular” algunos historiadores de la Edad Media.

 Por cierto, que para meteduras de pata la de los “magos”, que pudiendo adivinar algo tan improbable como el nacimeinto del Salvador, no supieron, en cambio, imaginar la posible consecuencia de tal aviso sobre un tan iracundo rey, temeroso de perder su poder.

Pero también hay otras interpretaciones en clave de mito, pues tal relato sería una metáfora de la resistencia del invierno, representado por el viejo rey, a dejarse vencer por la primavera, representada por el recién nacido que traería la luz al mundo.

En cualquier caso, la fecha pasó con el paso del tiempo a ser “celebrada” de modos absolutamente dispares, desprovista a de su sentido histórico o mitico. Una frase “clásica”, dicha a las víctimas de las bromas típicas de la fecha, sería: ¡Que la inocencia te valga! Como si la inocencia pudiera servir para algo bueno, salvo para la impunidad del perpetrador de “bromas pesadas”. Se alude, supuestamente, a la benévola inocencia (como ausencia de malicía) que aún puede quedar en los adultos.

Sin embargo, como leí en cierta ocasión, un inocente (en el sentido de ingenuo) es como un ciego leproso que va por el mundo dando tumbos, haciendo daño (contagiando su enfermedad) sin saberlo, pues el desconocimiento de los motivos ocultos de las cosas implica que indirectamente participamos en el mal que otros “organizan”. Los adultos, pues, no podemos permitirnos ser tan ingenuos como los niños, pues otros aprovecharan esta inocencia para manipular nuestros actos e incluso nuestra voluntad, para dañarnos no sólo a nosotros mismos, sino también a los demás.

Precisamente, esta malvada utilización de la inocencia ajena está magistralmente representada en la obra del genial Miguel Delibes, Los Santos Inocentes, ambientada en un cortijo andaluz de la década de los 60, en el que los señores mantenían en una precaria esclavitud a sus indefensos sirvientes.

 Para acabar con la broma, y a riesgo de que se vuelva “pesada”, ahí van unas palabras del siempre sorprendente Osho, acerca de la Gran Broma de la Vida: La risa relaja. Y la relajación es espiritual. La risa te devuelve a la tierra, te hace descender de tus estúpidas ideas sobre el ser-más-santo-que-tú. La risa te lleva a la realidad tal y como es. El mundo es un juego de Dios, una broma cósmica. Y a menos que la comprendas como una broma cósmica nunca serás capaz de comprender el misterio supremo. Estoy a favor de todas las bromas, estoy a favor de la risa” (Osho, “Vida, Amor, Risa”)

 En fin, reirse hasta de uno mismo (y también de algunos personajes pseudoespirituales como el citado gurú), es una actitud de lo más sana, pero de ahí a santificar la ingenuidad va un abismo. Claro que a muchas (si no todas) clases de instituciones les va de perlas disponer de seguidores “fieles”, e inocentes.

 

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